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Adiós Polaroid / Goodbye Polaroid

ADIÓS POLAROID

Era 4 de agosto de 1989, la ocasión ameritaba un recuerdo. “Las cosas no son como las vivimos, sino como las recordamos”, decía Valle-Inclán; y la imagen de esa vieja polaroid –ahora amarillenta- me recuerda que sí se puede ser feliz sin excesos. No hay sonrisas tan sinceras, tan sin compromisos como las de la infancia, era mi cumpleaños y la Polaroid el testigo de mi dicha. Esa instantánea vista 20 años después, como un mensaje del pasado, me muestra lo intangible de un momento. La Polaroid sólo tomaba lo verdaderamente importante, no sé si sea porque tenía 8 años, pero ahora no me pasa lo mismo, me veo en la pantalla de la cámara o del celular, y a veces no me reconozco, y tampoco siento la misma sorpresa que sentí en 1989 al verme 1 minuto después en esa polaroid; ahora, la magia se ha perdido.

En 2007 Polaroid dejó de fabricar uno de sus modelos más célebres y queridos: la setentera SX-70. De golpe, la cámara de fotografías instantáneas a color se convirtió en un objeto de colección, y los que aún poseían una la resguardaron con recelo sabiendo que ostentaban un artefacto extinto. Pero la verdadera tragedia llegó en 2008 con el anuncio de que cerrarían las fábricas de sus carretes, advirtiendo que en 2009 se venderían los últimos cartuchos de la cámara que revivió el principio de la Daguerrotype: hacer de cada copia un objeto único.

En 1826 Joseph Niépce capturó la primera fotografía de la historia: Punto de vista desde la ventana de Grasy; para lograrlo necesitó exponer a la luz durante 8 horas una placa de metal cubierta de betún de Judea que luego sumergió en una solución de aceite de lavanda y aceite de petróleo blanco, que disolvió las partes de barniz no afectadas por la luz y que después de lavarse en agua, reveló una imagen claroscura impregnada en la placa plateada. Con el tiempo, las imágenes obtenidas bajo este procedimiento perdían nitidez. Un par de años después, Louis Daguerre modificó el proceso utilizando yoduro de plata y vapor de mercurio, que sirvieron como fijadores de la imagen y llevaron el nombre de uno de sus descubridores: Daguerrotipos. El gran invento cautivó rápidamente a la sociedad francesa, y ante la inesperada muerte de Niepce en 1833, Daguerre recibió todo el crédito y comercializó el invento sacando al mercado la Daguerreotype, primera cámara que conoció la humanidad. Pero esas imágenes eran copias únicas, positivos imposibles de reproducir, hasta que en 1841 Henry Fox Talbot –otro clavado-, motivado por los descubrimientos de Niépce y Daguerre, perfeccionó el procedimiento y logró obtener negativos de las imágenes en papel (Calotipos) que permitían su reproducibilidad, además de que redujo el tiempo de exposición del Daguerrotipo (60-90 segundos) a tan sólo 30 segundos.

A más de 150 años del gran invento, la velocidad de obturación de las cámaras digitales, su luminosidad y la nitidez de la impresión dejarían perplejos a Niépce, Daguerre y Fox Talbot, quienes jamás imaginaron el cambio de paradigma que suscitaría su empeño por plasmar el mundo visible en un papel, la importancia que le hemos otorgado a la imagen, el significado que le hemos dado y, aun más importante, los significados que nos ha revelado.

Quizá una de las mejores consideraciones que se han hecho sobre el tema [sin olvidar por supuesto las de Walter Benjamín] son las que Susan Sontag (N.Y., 1933-2004) –quién además de apasionada de la fotografía fue pareja de Annie Leibovitz, una de las fotógrafas más importantes de nuestro tiempo– apuntara en su libro Sobre la fotografía (Alfaguara, 2006): “Ésta es una época nostálgica, y las fotografías promueven la nostalgia activamente. La fotografía es un arte elegíaco, un arte crepuscular. Casi todo lo que se fotografía, por ese mero hecho, está impregnado de patetismo. Algo feo o grotesco puede ser conmovedor porque la atención del fotógrafo lo ha dignificado. Algo bello puede ser objeto de sentimientos tristes porque ha envejecido o decaído o ya no existe. Todas las fotografías son memento mori. Hacer una fotografía es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa. Precisamente porque seccionan un momento y lo congelan, todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo”.

Muchos son los sociólogos que han identificado un patrón común en nuestras sociedades: la nostalgia prematura que nos sobreviene, resultado de los rápidos avances tecnológicos que hemos enfrentado en los últimos 50 años. La fotografía no ha estado inmune a tales evoluciones. Ayer en el cumpleaños de un amigo se registró todo, parecía una inspección judicial, no hubo momento desapercibido, pero al mismo tiempo, no se le dio importancia a lo verdaderamente digno de recordar; al final, 1 gigade imágenes aleatorias guardadas entre cámaras digitales y celulares; imágenes que se postearán (castellanización de to post, publicar en línea), pero que nunca se imprimirán. Con la introducción de las cámaras digitales, cualquiera es capaz de tirar 30 tomas de un atardecer sin preocuparse por la exposición o el enfoque, ya no digamos del revelado, un proceso tan laborioso como mágico. El cuarto oscuro se ha quedado en el camino para los fotógrafos de ocasión, insisto, de ocasión, porque a pesar de que la tecnología nos ha provisto de los medios necesarios para imprimir en papel fotográfico las imágenes desde la oficina o el espacio doméstico, hay quienes aún no se resignan a renunciar al placer de ver cómo la imagen va apareciendo luego de lavarla en las soluciones químicas que transforman la película en negativo. Y aunque la cámara Polaroid se saltaba el cuarto oscuro, los 60 segundos que había que esperar para ver la imagen capturada compensaban la curiosidad y procuraban el mismo grado de excitación.

Desde su aparición a principios de los años 70, son muchas las historias que cuentan las instantáneas de una Polaroid; una de las más conocidas se le atribuye a Gene Simmons, el vocalista del grupo Kiss (el de la lengua monstruosa), de quién se dice que conserva 4,800 polaroids (todas post-coito) de las grupiescon las que ha estado. Pero la Polaroid no sólo sedujo a los exhibicionistas; las cualidades documentales de las imágenes resultantes del artefacto atrajeron a artistas como Andy Warhol (que las enviaba al laboratorio para ampliarlas y después serigrafiarlas), Helmut Newton (el gran esteta del erotismo), Chuck Close (que trabajó con la 20x24, una Polaroid del tamaño de un refrigerador que toma fotografías en gran formato) o Walker Evans (fotógrafo de La Gran Depresión Estadounidense), cuyas fotografías ha recopilado Barbara Hitchcock, directora de la Fundación Polaroid en el libro The Polaroid Book (Taschen, 2007).

En su momento, la Polaroid fue otro gran invento; ya no había que esperar para ver las fotografías del cumpleaños, del nuevo Gremlin GT o de las vacaciones familiares. La cámara fotográfica ya era entonces un artefacto que registra lo que está desapareciendo; volviendo a Sontag: “Cuando sentimos miedo, disparamos, pero cuando sentimos nostalgia hacemos fotos.” Tampoco había que ser un experto; leyendo el instructivo de la cámara se podía empezar a retratar todo lo que en el futuro nos procurara una relación con el pasado. La Polaroid soltaba copias únicas e irreproducibles, inmortalizaba un instante y plasmaba una mirada personal de la escena, cumplía con uno de los principios fundamentales del arte fotográfico: contener la humanidad del momento, revelando a otros –en palabras de Edward Weston– “el mundo viviente que los rodea, mostrándoles lo que sus propios ojos ciegos habían pasado por alto.” Porque en el fondo, “la cámara transforma a cualquiera en turista de la realidad de otras personas, y a la larga, de la propia” (otra vez la maravillosa Sontag).

También es verdad que la Polaroid ha sucumbido ante un refinamiento digital del tipo que ella misma protagonizara casi 40 años atrás y que ahora ofrece exactamente lo mismo que la SX-70: gratificación instantánea.

Las reacciones no se han hecho esperar, foros como SavePolaroid.com lo certifican; miles de amantes de la Polaroid se han hecho miembros de una comunidad mundial que aboga por la permanente producción de película; sin embargo, la misiva está a punto de cumplirse y en poco tiempo será imposible conseguir cartuchos para la SX-70, una cámara analógica que mostraba la imperfección del momento, que retrataba de una forma que ninguna otra cámara jamás volverá a hacerlo. Con ella se va también una forma de expresión. Ahora nos tocará reconocernos en las imágenes perfectas de las cámaras digitales y, si no nos gusta lo que vemos, siempre podremos borrar –no la imagen, el instante.

Good bye Polaroid.

Autora / Author: Valeria Fele
Contacto / Contact: valefele [at] gmail.com
Fuente / Source: Revista "Lee +". Año 01, Núm. 02, Abril 2009. Editorial Ámbar Comunica. México.


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Espero que les haya gustado el artículo, estoy resaltando en negritas el párrafo que más me gustó e impacto, principalmente por toda la verdad que encierra.

Esta es una revista increíble, bastante buena y súper barata (sólo cuesta $10 pesos, y es como un periódico). La pueden conseguir gratis en su versión electrónica, cada mes, simplemente visitando la página oficial principal de la libreria Gandhi.

Ignoro - pero sospecho - que esta acción es únicamente por introducción al mercado. No sabemos cuánto tiempo más la sigan ofreciendo gratuitamente digitalizada a través de internet.

Anexo para todo el mundo el número del mes de mayo. Es una publicación mensual.

Saludos y bendiciones,

E.

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